Ayuntamiento de Piedrabuena






Rodeado de miles de cupones de otra época, que decoran las paredes de una pequeña habitación en la que grandes recuerdos del pasado resaltan entre cueros de vacuno o de ovino, hebillas para alpargatas, tijeras, alicates y tenazas, un señor aparece sentado, como si hubiera permanecido inerte a pesar del paso de los años, atento y dedicado a una labor que le ha acompañado a lo largo de toda su existencia. El piedrabuenero Vivente Rodríguez García Sacedón llegó el jueves de nuevo como cada día en su “larga vida” a desempeñar su trabajo en el pequeño rinconcito de la calle Real que compró su padre hace ya muchos años.

De forma amable, el que ha sido proclamado 'Piedrabuenero Ilustre' del año 2011 por la Cofradía de San Bartolomé de la localidad, en honor a su actividad profesional, recibe a los visitantes aunque tiene puesta toda su atención en unas nuevas alpargatas de gañán que le ha regalado su sobrino para un grupo de coros y danzas. En una época en la que el oficio del guarnicionero disminuye, pocos son los artesanos que desarrollan este arte milenario absorbidos por unas técnicas que alejan de sus manos el agujereador y el prensador; aunque Vicente Rodríguez lo mantiene.

Inmerso toda su vida en la elaboración de materiales necesarios para los labriegos del campo y para expertos cazadores que cazaban por necesidad, el piedrabuenero confiesa que aprendió el oficio de su padre “casi desde mi nacimiento”. El 22 de septiembre de 1927, cuando Primo de Rivera ejercía su dictadura de hierro, su madre le alumbró en un momento en el que había en Piedrabuena alrededor de seis guarnicionerías y “había mucho trabajo porque casi todo el mundo trabajaba en el campo”.

Épocas buenas y malas pasó Vicente Rodríguez junto a su padre en la casa de la calle Real que le costó 1.750 pesetas a su progenitor el mismo año que él nació. Los momentos peores vinieron durante la Guerra Civil, cuando el cuero estaba racionado y sólo podían disponer de una “hoja de cuero” al mes. Días muy complicados vinieron durante la posguerra en los años cuarenta y cincuenta, pero, como el artesano comenta, “la situación al final se normalizó”.

La elaboración y el arreglo de arreos para las mulas y monturas de caballos, además de mochilas, albarcas, cananas, zurrones y fundas para las escopetas fueron durante la dictadura su fuente de ingresos. La primavera y el otoño, según señala el ilustre Vicente Rodríguez, “eran las estaciones del año en la que teníamos más trabajo gracias a las labores de labranza y a la salida de los cazadores a los campos”.

Con una mesa de herramientas a su lado, el piedrabuenero explica que “los alicantes, los sacabocados, el trinquete, los destornilladores, las cuchillas, los rayadores, las tijeras y el compás” siempre le han acompañado en una labor que durante años le ocupó durante todo el día y que ahora, pese a su jubilación, invierte toda la mañana en ella después de un café en reunión con los amigos. Entono a las diez de la mañana abre su caja de pandora, en la que hay desde un reloj de principios de siglo hasta su colección de premios como artesano.

Su larga lista de clientes, repartidos por Castilla-La Mancha, Madrid y Andalucía justifican los tres reconocimientos a su trabajo: un premio de 1945 por una exposición en Ciudad Real, otro en 1953 en Madrid por unas alforjas camperas y el primer premio en el Concurso de la Exposición Provincial de Artesanía de 1974. Además, ganó el Premio Entrañable del Mundo de la Caza Fercatur de 2010 después de enseñar su oficio a parte de su familia, como su sobrino Félix Plaza, y a gente procedente de Horcajo de los Montes, de Alcolea y de su propio pueblo natal.

Lleno de imaginación, Vicente Rodríguez cuenta que “todos los dibujos que lucen mis bolsos y mis cinturones” son de inventiva propia, al mismo tiempo que entra un simpático afilador, indispensable en el trabajo del guarnicionero y que casa perfectamente con un ambiente de otra época. Tijeras y cuchillas se lleva mientras que el guarnicionero prosigue con su historia: “ya hace años decoré esta habitación con 12.500 cupones de todas las épocas durante el pequeño descanso que hacíamos después de comer y en los domingos”.

Ahora, junto con la colección de bolsos de rayas para la compra y la pila de piezas de cuero para elaborar las albarcas de los gañanes, también decora la habitación un cartel de toros de hace unos años, una foto de su padre y fotos de él mismo durante la recepción de sus premios. Recortes de cuero, cajas con clavos e hilos y su estimada maquina de coser Singer se conjugan en un lugar curioso que luce lleno de estanterías, con una mesa, sillas y un taburete.

Ensimismado en sus quehaceres, Vicente Rodríguez recibe todas las mañanas a sus vecinos y amigos, que como explica, “me entretienen más que ayudar con el palique diario”. Los últimos cotilleos del pueblo, historias de sus familias, recuerdos del pasado o el simple comentario de la última corrida de toros que han visto por televisión surgen de las voces de estos compañeros de toda la vida que tienen en la guarnicionería su lugar de reunión.

La amable radio también le da compañía a este amante de la música cuando no hay ningún paisano que aflore por la puerta o ningún sobrino que corretee y revuelva entre las hojas de cuero. Las corcheas y las semicorcheas también han desempeñado un gran papel para un hombre que permaneció durante años cogido al bajo en la Agrupación Musical de Piedrabuena cuando aún la dirigía su estimado amigo Trifón Navas.

Adaptado a las nuevas tendencias, Vicente Rodríguez centra su trabajo en elaborar bolsos de delicados grabados, cinturones que duran más de diez años y carteras y monederos para nunca perder. Fabricados a mano, con esmero, dedicación y amor al oficio, sus mochilas para la caza, sus cinturones para las balas de los cazadores o su fundas para escopetas adquieren un valor incalculable.

Desaparecieron en el pasado la mayoría de las guarnicionerías y los artesanos del oficio escasean cada vez más en estos tiempos de modernidad y nuevas tecnologías, en los que la artesanía sucumbe frente a las grandes cadenas de producción. Pero todavía continúa la esperanza y Vicente Rodríguez confía en que su arte nunca desaparecerá “porque la gente siempre va a necesitar un bolso, un cinturón o una silla para un caballo”. Sin embargo, la elaboración de zurrones y cananas quedará en el recuerdo de aquel que lleva ochenta y cuatro años dedicado a la guarnicionería, además de grabada en los grandes libros de la historia de una artesanía popular que espera no caer nunca en el olvido.




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